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Relato Corto - Instinto

           Relato de Erik R. Campoy ©
           Imagen original realizada con IA©





(Publicación original, Navidad de 1997 para la revista del Instituto San Pablo Ceu, Madrid)


          Rebeca todavía recordaba la extraña forma en la que había conocido a Sergio: "la gente no se encuentra por casualidad"- pensaba, mientras cubría su cuerpo con un camisón azul celeste y emergía de su gran cama de agua con forma octogonal. Rebeca pertenecía a una familia de clase acomodada de Madrid, y el dinero nunca fue un problema para ella. Los hombres tampoco, porque ella era atractiva y la envidia entre sus compañeras de redacción. Era periodista, y formaba parte de esa clase de sabuesos ambiciosos que harían casi todo por obtener una buena exclusiva. No se conformaba con poco, era caprichosa y sus gustos eran cada vez más copiosos y exigentes.

            Con cierto estupor matinal, Rebeca se incorporaba a la vida diaria. Miró por la ventana; poca gente paseaba por Gran Vía a las seis de la mañana. Estaba amaneciendo aquel día de noviembre. Abrió el ventanal. Una suave brisa regó su cuello y su pecho. Mientras contemplaba aquella inmensa y desierta arteria madrileña, se preguntaba qué extraño motivo le había unido a Sergio. Hasta hace dos semanas, Sergio era un perfecto extraño para ella. Sus vidas se cruzaron súbita e instintivamente. Casi no les dio tiempo a recuperar el aliento.

            Su primer encuentro fue decisivo. Rebeca realizaba una entrevista en el parque del Retiro, cuando vio desde el banco sobre el que se hallaba sentada a un chico alto, moreno y delgado, de aspecto misterioso, que portaba una cazadora de cuero y una cámara profesional. Estaba realizando una llamativa y espontanea sesión fotográfica con una chica que posaba para él sobre un banco. Las posturas que Sergio le hacía adoptar despertaron desde la distancia el inocente morbo de Rebeca. Por un momento, perdió la noción de cuanto hacía y descuidó su entrevista:  -“Perdone, ¿por dónde íbamos?”- Rebeca estaba de nuevo en su trabajo, pero el instinto la obligó a mirar otra vez... Él ya no se hallaba allí. Pese a la extrañeza, volvió a su conversación.

            La tarde caía y la entrevista se encontraba ya retenida en su mini-grabadora, a punto para ser enviada a la redacción. Mientras caminaba bajo las frondosas y oscuras copas de los árboles del Retiro, sintió el flash de una cámara en su espalda. Se paró un momento, pensativa. Miró hacia atrás; no divisaba más que el frío y espeso estanque del parque. Sin darse cuenta, su pequeño magnetófono cayó al suelo. Justo cuando se disponía a recogerlo, una rápida mano lo hizo por ella. Rebeca sintió un fuerte sobresalto y quedó paralizada por un instante. Entonces miró hacia el frente. Era él. Su mirada mortal la atrapó cual viuda negra captura en su red a una mariposa en vuelo enturbiado. Permanecieron en pie durante varios minutos. Sin apartar los ojos de Rebeca ni un momento, el enigmático fotógrafo se reincorporó y le ofreció recuperar el aparato electrónico, alzando su mano en un suave pero firme acto reflejo. Llevaba el chico unos elegantes y ajustados guantes de cuero. En aquel momento el tiempo quedó parado, mientras el atardecer daba sus últimos suspiros rojizos.

            Lo que ocurrió desde entonces hasta pasadas dos semanas se leía en la mirada perdida de Rebeca, mientras avistaba el horizonte a través de la gran vidriera de su lujoso domicilio. Todo sucedió tan rápida, tan precipitadamente... Rebeca solía pensar al menos dos veces antes de actuar. Aquella vez no lo hizo. Su instinto lo hizo por ella.

            Se miró en el ovalado espejo de la cómoda. Pese a que la habitación presentaba una penumbra parcial, la rubia melena de Rebeca relucía en su reflejo. Ahora le daba vueltas y se preguntaba cómo había podido suceder aquéllo del modo en que ocurrió.

            Rebeca no sabía nada sobre Sergio, excepto que era muy atractivo y se dedicaba a la fotografía. Sergio en cambio conocía a Rebeca bastante bien. En dos semanas halló sus debilidades y puntos flacos; sus defectos y sus virtudes. Sin duda parecía como si Sergio la hubiese conocido hacía bastante tiempo, como si hubiera estado espiando en cada paso importante de su vida sin que ella se diese cuenta. Aunque suena demasiado para dos semanas de relación.

            Pese a ello, y en sólo quince días, Sergio había trasladado su laboratorio de fotografía a un cuarto del piso de Rebeca. A ella no le importaba demasiado, se sentía bastante sola desde que murieron sus padres el año anterior en un incendio. La imagen de la sombra corriendo entre las llamas le recordaba de alguna manera a Sergio. Para ella, la inmensa herencia de empresas que le confirió su padre en testamento y las joyas de su madre no eran lo más importante. Rebeca buscaba un complemento sincero para su vida.

            Sergio no tenía por costumbre introducir gente en su vida. De ésto ella ya se había dado cuenta. Era un hombre muy reservado e impredecible.

             -¡Dónde estás?- Rebeca interpeló.

            Nadie respondió. Sergio debía estar en alguna parte dentro de la casa, pese al silencio...

            Rebeca tuvo de pronto la inquietante necesidad de saber más sobre él. Necesitaba alguna información sobre el hombre que eclipsó su vida de la noche a la mañana. Salió de la habitación al largo y oscuro pasillo y comenzó a avanzar a través de éste hacia la entrada del apartamento. Sergio nunca le contó detalles sobre su pasado, excepto que hacía reportajes y, de tanto en tanto, álbumes para modelos. 

            Su mirada la guiaba hacia el laboratorio de fotografía, que estaba al fondo del pasillo a un lado. Al entrar en él, la luz roja invadía toda la estancia. Había fotografías  por todas partes, colgadas con pinzas en cuerdas que cruzaban de parte a parte el habitáculo. No pudo contener el impulso de curiosear, de conocer al detalle cuanto había allí; al fin y al cabo, era su casa.


            Entre los diversos paquetes de negativos, encontró algo familiar; su nombre estaba escrito en uno de ellos. ¿Acaso guardaba allí Sergio recuerdos suyos? Le alegró al mismo tiempo que le sorprendió hacer tal descubrimiento, en aquel pequeño lugar cuya tenue iluminación escarlata era casi más oscura que la propia lobreguez de la noche. Al mirar el sobre, Rebeca encontró multitud de fotos suyas. Las iba pasando con regocijo y tranquilidad. Pero llegó a una foto del año anterior, dos años, tres años... Había fotos de todas las etapas de su vida. Sintió de pronto una sospecha voraz. Detrás de las imágenes, había un artículo de periódico de hace un año, en cuyo titular se leía: "Matrimonio adinerado muere en trágico incendio". Era sobre la muerte de sus padres, que habían perecido calcinados en su propia casa. Encontraron los cadáveres formando un amasijo en el recibidor de su chalet de la sierra norte de Madrid. Habían intentado escapar, pero la puerta estaba cerrada con llave. Por otra parte, alguien había sellado las ventanas, por lo que tampoco tuvieron la oportunidad de pedir socorro a los vecinos. Las líneas telefónicas habían sido cortadas previamente. Todo estaba calculado. Todo estaba preparado. Nadie lo sabía. Nadie se enteró hasta que, en la madrugada de aquel siete de noviembre, un aldeano paseaba por los alrededores con su bicicleta. La policía no encontró prueba alguna, con lo que el caso quedó cerrado casi de inmediato.         

             Los recuerdos, aún recientes, entristecieron a Rebeca, que concebía el trágico incidente como una verdadera pesadilla. Pero la sospecha creció: ¿por qué motivo guardaba Sergio tal información? Su inquietud aumentó cuando descubrió que, grapada al artículo de periódico, había una fotocopia del testamento de su padre. Rebeca se encontraba indignada. Aquel hombre había penetrado en su vida sin saber ella nada sobre él. Por un momento se detuvo, dudó, miró a su alrededor y divisó un cajón entreabierto. En él se encontraban fotos suyas  y de sus anteriores amantes en pleno acto y... algo que heló sus sentidos: una pistola.

            De pronto, la puerta del cuarto oscuro se entreabrió, para susto mortal de Rebeca. Ella sabía que Sergio estaba en casa, o al menos éso creía. Entonces, pistola en mano, salió al pasillo. Llegó hasta el amplio salón. En medio de la oscuridad, distinguió la sombra de un hombre sentado en el sofá. Era él.

            -Hola- dijo Sergio con cierto tono irónico. Lucía una sonrisa perversa, y su expresión era de total frialdad. Parecía que él sabía cosas que no mucha gente sabía.

            Rebeca quedó petrificada y dirigió sus pasos hacia la puerta de la calle. Justo cuando iba a abrir, dos fuertes manos la atraparon violentamente.

            -¿Por qué huyes así? ¿Es que ya no me quieres?

            Rebeca no sabía cómo reaccionar. Sus miembros estaban paralizados de terror. Apuntó a Sergio con el cañón del arma. Al verla temblar de pánico, Sergio la miró a los ojos, y le dijo con voz tenue:

            -Dámela, vamos- pronunciaba, al tiempo que alzaba su mano derecha.

            -Voy a disparar- contesta ella, con el corazón a mil revoluciones.

            -Muy bien. Mátame. Así nadie sabrá que fuiste tú.

            A Rebeca se le transformó el rostro de pronto; sus ojos mostraban paranoia y locura. Bajó el arma, temblando. Su corazón latía cada vez más deprisa. 

-Sí, tú. Tú la que te cargaste a tus padres para quedarte con todo-. Replicó él.

Sutilmente, Sergio introdujo la mano izquierda en el bolsillo de su chaqueta. Rebeca levantó instintivamente el brazo y disparó sin vacilar. Al momento, el cuerpo de Sergio cayó sobre la moqueta con un agujero en el pecho. Rebeca tiró la pistola al suelo y permaneció observando el cuerpo inerte de su novio durante unos instantes, con la misma expresión en su rostro que lucía en el momento en que apretó el gatillo. Entonces, se dispuso a registrar los bolsillos de la chaqueta de Sergio. En uno había una cartera con una placa de policía. En el otro... un anillo de compromiso.

            A Rebeca le invadió la locura. Se acercó al gran ventanal del salón. Miró de nuevo la vacía Gran Vía, y una extraña sonrisa iluminó su rostro. Sus ojos estaban vidriosos, como una cerilla ardiente. El fuego invadió su corazón otra vez, y lo llenó de un placer indescriptible. 







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