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Relato Corto: La Madrastra

           Relato de Erik R. Campoy ©
           Imagen original realizada con IA©

 De pronto sentí la imperiosa necesidad de saberlo y coloqué mis dedos bajo el orificio de su nariz: comprobé entonces que el abuelo no respiraba. Me aparté y observé. Vi que las gafas resbalaban por su tabique nasal y estaban a punto de caerse; las agarré al vuelo. Coloqué las lentes sobre la mesa.

             -Julio, ¿qué haces?- Preguntó Águeda desde la cocina. Sus palabras de escarcha anularon mis sentidos. No pude hacer ningún movimiento. Miré hacia el pasillo. Estaba oscuro. Entonces cerré la puerta del corredor de un golpe y me escondí detrás del viejo sofá del comedor. Esperé. A lo lejos comencé a escuchar gritos llamándome. Oía pasos que se acercaban a la puerta del pasillo cuando distinguí una figura en el umbral. Se hizo un silencio eterno. Me acurruqué tras el sofá y me hice una bola. Así no me vería. Porque si me cogía...Si me cogía iba a pasarme lo mismo que al abuelo.

               La puerta se abrió súbitamente. El picaporte hizo mella en la pared del salón. Mi alma se encogió, como mi cuerpo, esperando el momento.

              -Julio-. Su voz cortaba el aire. Intenté no respirar, parecer muerto, como el abuelo. Así no me haría nada. Pero no había escapatoria. Mis articulaciones no obedecían.

              -Sal de ahí-, ordenaba su diabólica voz. Me asomé. Águeda portaba un vaso de agua como el que hace unos instantes le había dado al abuelo. “Tienes que tomarte esto”. Sentí el ruido del vidrio posándose sobre la madera.

              Entonces salí corriendo hacia la puerta. La vieja soltó un berrido que no parecía humano. Sentí su zarpa fibrosa agarrar el cuello de mi suéter. Todos mis músculos se paralizaron. Levanté la cabeza y miré sus negros ojos. Sus graznidos salpicaban saliva malvada que quemaba mi cara. Su nariz afilada apuntaba a mi cuello. Me hice muy pequeño.

-Ahora quietecito porque, con esto, dormirás como un niño bueno...



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