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Relato corto - Crónica de un pisotón
Relato de Erik R. Campoy ©
Imagen original realizada con IA©
Lo que el mundo tiene es que uno puede encontrarse con personas de muy diversa índole. En el metro, como en cualquier otro medio público, puede tocarte la lotería en el momento menos esperado. Yo me limitaré a contar mi historia.
La mala posición adquirida puede dar lugar a un brusco movimiento del cuerpo a la hora de arrancar o de parar el metro en alguna estación. Tuve la mala suerte de dar un paso hacia atrás y notar que el tacón de mi zapato se posaba sobre lo que parecía ser otro pie humano.
Volví la mirada hacia esa persona, agitado por el apuro del momento. La imagen que ven mis ojos en ese momento, no me abandonará en el resto del día, incluido el instante aquel en que, refugiado bajo el edredón de mi cama, me encuentro entre la vigilia y el sueño. Lo primero que me vino a la mente al ver a esa abominable mujer fue el rostro de Norman Bates en la última escena de Psicosis, momento en que, preso por la policía, sonreía malévolo, loco, sanguinario...
-Disculpe. ¿Se encuentra usted bien? -Me atreví a preguntar. La mujer, que miraba a un punto fijo cual res de ganado en yugo, se limitó a poner cara de póker, y a mantener los ojos perdidos en el vacío. Sin más, me volví hacia mi amiga Marian, con quien me encontraba charlando, tan campante, y proseguí la conversación.
-SHHSHSSHHSHS- rezaba la mujer, hablando para sí. Me volví de nuevo hacia la mujer. -Creo que le he pedido disculpas-. Concluí. Dos asientos quedan vacíos. Marian y yo decidimos sentarnos. La mujer se queda ahí, en pie, sobre el mismo rinconcito en que estaba desde el principio apoyada, sin parar de mirar al vacío. Ella estaba plana, como una tabla de planchar, tenía el pelo corto, canoso, y muchas arrugas en su piel. No dejaba de mirar al vacío. Pasaron dos, tres, cuatro paradas. El vagón se iba quedando vacío. La mujer seguía inmóvil, inexpresiva, en el mismo lugar. La miro con asco, con indignación. Niego con la cabeza. Miro al frente. Hay un señor alto, de gafas, que parece compartir ese sentimiento hacia esta señora, que permanece estática, como un bloque de cemento, cual cartel publicitario.
Llega mi parada. Me despido de Marian. Salgo del metro. El metro sigue su camino. Enfilo como un relámpago hacia la salida. Arribando a la boca de metro, me percato que la temperatura es increíblemente baja, y que no hay ni un alma.
Una brisa invernal invadió la estancia de entrada en la estación y heló mi cuello, calando todos los huesos de mi cuerpo. Fuera parecía de noche. Justo cuando estoy a punto de atravesar el umbral hacia la salida, siento una mano tocarme el hombro. Me doy la vuelta. Aquella misma mujer aparece detrás de mí, cuchillo de cocina en alto, dispuesta a clavármelo.
-Hijo de puta, estás muerto ¿No te habías dado cuenta?- Quedé petrificado, viendo cómo aquella bestia blandía esa afilada hoja sobre mi persona. La hundió en mi estómago.
El sonido atronador del despertador me arrancó las sábanas de encima. Son las siete, hay que ir a currar y hace un frío horrendo. Menos mal que todo fue solamente un desagradable sueño. Tras llegar a la oficina y recoger el café, me incorporé a mi puesto, como cualquier lunes por la mañana. Pablo llegó acompañado por una mujer que en ese instante me daba la espalda, pues se encontraba hablando con el manager.
-Buenas, Jaime. Te presento a la nueva jefa de ventas. Se llama Rosario Parra-. Rosario- (le decía, tocando el hombro de la mujer con ademán de que ésta se volviese) Se volvió hacia mí. En ese momento, creí desfallecer. Se trataba de ella. Quedé pálido, atónito. La mujer me miraba con una malvada sonrisa. Pareció captar hábilmente mi pavor.
-No nos conocemos, ¿verdad?
Volví la mirada hacia esa persona, agitado por el apuro del momento. La imagen que ven mis ojos en ese momento, no me abandonará en el resto del día, incluido el instante aquel en que, refugiado bajo el edredón de mi cama, me encuentro entre la vigilia y el sueño. Lo primero que me vino a la mente al ver a esa abominable mujer fue el rostro de Norman Bates en la última escena de Psicosis, momento en que, preso por la policía, sonreía malévolo, loco, sanguinario...
-Disculpe. ¿Se encuentra usted bien? -Me atreví a preguntar. La mujer, que miraba a un punto fijo cual res de ganado en yugo, se limitó a poner cara de póker, y a mantener los ojos perdidos en el vacío. Sin más, me volví hacia mi amiga Marian, con quien me encontraba charlando, tan campante, y proseguí la conversación.
-SHHSHSSHHSHS- rezaba la mujer, hablando para sí. Me volví de nuevo hacia la mujer. -Creo que le he pedido disculpas-. Concluí. Dos asientos quedan vacíos. Marian y yo decidimos sentarnos. La mujer se queda ahí, en pie, sobre el mismo rinconcito en que estaba desde el principio apoyada, sin parar de mirar al vacío. Ella estaba plana, como una tabla de planchar, tenía el pelo corto, canoso, y muchas arrugas en su piel. No dejaba de mirar al vacío. Pasaron dos, tres, cuatro paradas. El vagón se iba quedando vacío. La mujer seguía inmóvil, inexpresiva, en el mismo lugar. La miro con asco, con indignación. Niego con la cabeza. Miro al frente. Hay un señor alto, de gafas, que parece compartir ese sentimiento hacia esta señora, que permanece estática, como un bloque de cemento, cual cartel publicitario.
Llega mi parada. Me despido de Marian. Salgo del metro. El metro sigue su camino. Enfilo como un relámpago hacia la salida. Arribando a la boca de metro, me percato que la temperatura es increíblemente baja, y que no hay ni un alma.
Una brisa invernal invadió la estancia de entrada en la estación y heló mi cuello, calando todos los huesos de mi cuerpo. Fuera parecía de noche. Justo cuando estoy a punto de atravesar el umbral hacia la salida, siento una mano tocarme el hombro. Me doy la vuelta. Aquella misma mujer aparece detrás de mí, cuchillo de cocina en alto, dispuesta a clavármelo.
-Hijo de puta, estás muerto ¿No te habías dado cuenta?- Quedé petrificado, viendo cómo aquella bestia blandía esa afilada hoja sobre mi persona. La hundió en mi estómago.
El sonido atronador del despertador me arrancó las sábanas de encima. Son las siete, hay que ir a currar y hace un frío horrendo. Menos mal que todo fue solamente un desagradable sueño. Tras llegar a la oficina y recoger el café, me incorporé a mi puesto, como cualquier lunes por la mañana. Pablo llegó acompañado por una mujer que en ese instante me daba la espalda, pues se encontraba hablando con el manager.
-Buenas, Jaime. Te presento a la nueva jefa de ventas. Se llama Rosario Parra-. Rosario- (le decía, tocando el hombro de la mujer con ademán de que ésta se volviese) Se volvió hacia mí. En ese momento, creí desfallecer. Se trataba de ella. Quedé pálido, atónito. La mujer me miraba con una malvada sonrisa. Pareció captar hábilmente mi pavor.
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Etiquetas:
dark
Erik R. Campoy
Erik Rodríguez Campoy
humor negro
metro
sátira negra
surrealista
thriller
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Me encanta!!!!!
ResponderEliminarMuchas gracias por tus palabras, Amagoia. Un gran abrazo.
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