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Relato Corto - Reptil en la piel (parte I)

           Relato de Erik R. Campoy ©
           Imagen original realizada con IA©



Hay veces en que apetece saltarse las normas. Al menos eso es lo que pensó Jaume aquel fin de semana en que Susana viajaba con sus padres a Perpinyà y él se quedaba solo en casa. Y probablemente, no habría sido así si no hubiera tenido en su poder las llaves de la casa de sus suegros y/o el número de teléfono de una antigüa y sexy compañera de colegio.

Desconocía por qué en sus entrañas le carcomía el deseo de llamar a Elisabeth el mismo día en que su querida y fiel novia, junto con sus hospitalarios y cariñosos suegros, lo dejaban solito durante la friolera de dos días seguidos.

Las infidelidades hay que afrontarlas con frialdad. Porque si no, a la mínima, todo se va al garete. Por eso mismo Jaume ideó un plan que no podía fallar.

Y es que, la sobreprotección de la que vivía rodeado, con todo mascado y resuelto, lo agobió hasta tal punto que se excitó como un colegial en el momento en que la santa de Susana atravesaba el umbral de la vivienda de sus progenitores y ponía rumbo al sur de Francia.

Llevaba realmente tiempo dándole vueltas a la idea, pero no fue hasta ahora que vio una oportunidad real de llevar a cabo su trama. Tiempo en que la libertad hablaría por sí misma. 


Antes de la caída del sol, sobre las 18:30 h de la tarde de aquel seis de julio, el asombroso trasero de Elisabeth lucía en pompa su increíble tatuaje de serpiente que comenzaba en la espalda y le descendía hasta la nalga derecha. El deleite visual era tal, que Jaume tardó un tiempo considerable en palpar con las yemas de sus dedos el premio de su invención, ya que al realizar el tocamiento se perdería toda la magia del momento. Esperaría y dejaría que sus ojos disfrutasen al máximo antes que otras partes del cuerpo.


Jaume caviló por un instante y se dio cuenta de que, antes de consumar el acto sexual, debía meditar sobre el lugar en donde llevarlo a cabo. Entonces echó un vistazo en el interior de la habitación de los suegros.

Al encender la luz del cuarto, saltó hacia atrás al ver aquella enorme cruz que colgaba de la pared sobre la parte superior de la cama. Y ésta acompañada por un cuadro de Jesucristo con Tomás, el incrédulo, introduciendo un dedo en su llaga para probar si era cierto o no que el Redentor había resucitado.

Pero, lejos de asustar a Jaume, un extraño entusiasmo invadió lo más profundo de su curiosidad. Decidió que lo mejor era fornicar en este cuarto, ya que disponía de todo lo necesario para marcarse una noche épica. La Santa Imagen no le motivaba demasiado, desde luego, pero sí le parecía un pequeño sacrilegio que, aquella tarde, le apetecía cometer. Y le dio la sensación de que a Elisabeth también.

Hacía varios meses que lo había dejado con su novio, al que no le agradaba demasiado su lencería negra. No le importaba un comino. A Jaume sí que le gustaba, y la disfrutaría al máximo. No dejaría ni las sobras. Aquella sería su noche perfecta.

Lo primero que le vino a la mente al contemplar de nuevo aquellas nalgas fue el darles un pequeño azote. Y cuando se disponía a posar su lengua sobre la serpiente para bajar poco a poco describiendo zig-zags, sonó la puerta de la calle.

Una llave abrió en un instante la cerradura de la puerta.

Jaume dio un brinco y apagó la luz del cuarto de los padres de Susana, retiró a la velocidad del rayo las cosas que había sobre el sofá y agarró a Elisabeth de la mano.
Se metieron debajo de la cama de los suegros. El sobresalto fue tal que casi se podía escuchar la violencia en las palpitaciones de los dos jóvenes.

La puerta se cerró y se oyeron pasos aproximarse desde la entrada a lo largo del pasillo hacia el salón. Desde los bajos de la cama pudo distinguir los viejos zapatos de su suegro, el señor Navas, que se sentó en el sofá por un instante, respirando hondo y aliviado, como el que acaba de liberarse de un gran peso. "Pero ¿¡qué cojones hacía allí!? ¿¡No estaba en Perpinyà!? Joder..." pensaba.

Entonces el viejo se levanta del sofá y enfila hacia su alcoba. Se paró por un momento ante la cama. Se quito los zapatos ayudado sólo por sus pies y despidió un intenso olor a queso manchego, para deleite de nuestros dos amigos. Después, Navas se tumbó sobre la cama.

Los muelles del somier chirriaron y expulsaron una especie de mugre y esencia polvorienta que sólo las camas conyugales muestran con el paso de más de treinta años de matrimonio.

Sonó el móvil del viejo.

-Díme- replicó el hombre.

-Acabo de llegar. Hazme una perdida cuando estés en la portería.

Un momento, pero, ¿a quién esperaba? Fuera lo que fuese, aquello no olía demasiado bien.
Jaume había olvidado que Elisabeth era alérgica al polvo. Estaba la pobre roja como un tomate, a punto de estornudar. Jaume colocó la mano entonces sobre la boca de su amiga.....
 
Continuará... o no.



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