Ir al contenido principal

Destacados

Perfil de guionista en IMDb

 https://www.imdb.com/es-es/name/nm13417951/

Relato Corto - El Trato

           Relato de Erik R. Campoy ©
           Imagen original realizada con IA©



Por un momento miró sus manos; unas manos grandes y fuertes. Le temblaban. Sus ojos, escondidos tras el aumento de sus gafas de pasta marrón, delataban al que oculta algo. Una gota de sudor caía por las sienes, como aquel que enmascara un secreto.
 
Levantó la mirada, divisando el despacho de Figueroa, su jefe. No había nadie. Después miró el reloj que envolvía su muñeca izquierda: marcaban las siete y media de la mañana. Volvió a mirar al despacho del presidente. Todo estaba tal y como lo había dejado el propio Figueroa el viernes. La persiana medio bajada, los bolígrafos en su bote; uno cada color, como a él le gustaban. Algunos folios esparcidos sobre la mesa; los de la reunión del lunes, como recordatorio de los quehaceres para la nueva semana. Todo incorrupto, impoluto, intacto. Tal y como él mismo lo dejó el último día de la semana anterior.





 
Nervioso se levantó de su asiento. En su placa identificativa podía distinguirse el nombre de “J. Bruguera Vicepresidente”. A sus treinta y seis años, llevaba ya dos meses como segundo líder de Vettal, multinacional de seguros de vida, empresa puntera en el sector desde la absorción, recientemente, de otras dos importantes empresas de la misma especialidad.

Bruguera entró en el ascensor. Justo antes de cerrarse la puerta, entró Jaime, el chico de mantenimiento, abriendo con algo de fuerza las dos puertas de acero, que en ese momento se replegaban. Jaime entonces marcó en el panel la planta baja. Las puertas se cierran.
 
Jaime y Bruguera se miraron fijamente. Jaime fue el primero en hablar:

- ¿Tienes lo que prometiste? - Pronunció, sin dejar de mirar al vicepresidente.
 
Bruguera asintió levemente y se echó la mano derecha al bolsillo derecho de la americana. Sacó de allí un sobre doblado que contenía algo. Se lo entrega en mano al chico de mantenimiento. Jaime toma el sobre y descubre un fajo de billetes de cien euros. Verdes ellos cual arboleda campestre en primavera. Tras contarlos concienzudamente, clavó su mirada en Bruguera, cuyo sudor delataba, una vez más, su tensión interna. El gesto de Jaime revelaba el de un hombre furioso. De forma súbita, Jaime accionó el botón de “Stop” en el elevador, justo tras lo cual vuelve su mirada al vicepresidente, cada vez, visiblemente, más nervioso.

- No está todo. Eres un maldito mentiroso- dice Jaime, cabreado. A Bruguera no pareció sorprenderle la frase de su interlocutor. Estiró el brazo y marcó la planta menos tres, que conduce hacia el parking de empleados. El ascensor reemprendió la marcha.

- Te daré el resto cuando terminemos. Ahora tienes que acompañarme-. Sentenció Bruguera.
Jaime pareció entender a la perfección el mensaje de Bruguera. Esta vez dedicó un gesto cabal al señor de las gafas, y una sonrisa irónica, como asegurando al vicepresidente que le pagaría de cualquier forma, ya fuera dentro de un momento, por las buenas, en el parking de la empresa, o bien en otro día, junto a algún callejón oscuro, donde no hubiese testigos. Tarde o temprano el “vice” pagaría su deuda. Fuera como fuese, en el exterior de la empresa, en la calle, no había leyes. Esto lo tenía muy claro el de mantenimiento.
 
Llegados a la planta marcada, ambos individuos salen al aparcamiento subterráneo de la compañía. Se dirigieron hacia el coche de Bruguera, un audi A8 del dos mil nueve. Bruguera abre el vehículo accionando el mando a distancia electrónico.
 
-Sube – dice Bruguera, imperativo, mientras sube al asiento del conductor del coche.
Jaime observó desconfiado, por un momento al jefe. Entonces miró al maletero del audi. Giró de nuevo los ojos hacia Bruguera, que lo contemplaba fríamente. Tras ello, Jaime subió al coche y el vehículo salió del parking.
 
Las oficinas son, normalmente, lugares de trabajo apacibles en los que uno puede tomarse un café de máquina durante un pequeño descanso. O una botellita de zumo de naranja, o un actimel. Cualquier producto beneficioso para el cuerpo, con paredes grises que envuelven a los trabajadores, día tras día.
 
En el despacho del presidente de Vettal, en cuya puerta podía leerse: “J. Bruguera”, se encontraba aquel individuo de gafas de pasta marrón, de aspecto tímido y con mirada fría. La misma mirada que mantenía a Jaime. La misma que tenía cuando, aquella tarde, junto al hombre de mantenimiento, había arrojado, desde lo alto del puente del río Besòs, el cadáver de Figueroa depositado en aquella bolsa de basura. Apaciblemente, mientras bebía un cappuccino de Lavazza, recordaba el día después, en el que fue nombrado presidente de la compañía. 

En cuanto a Jaime, el de mantenimiento, cumple actualmente condena de veinte años por asesinato en primer grado, al encontrarse una llave inglesa con el adn del ex presidente en la guantera de su coche. Mientras saboreaba su café, Bruguera sonrió. 

Pensó en lo que era: un triunfador.




Comentarios

Entradas populares

Redes Sociales

Vistas de página en total