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Relato Corto - Cuarto Oscuro
Relato de Erik R. Campoy ©
Quedé atónito cuando me lo contaron, pero así fue. No sé cuántas veces le avisé, pero él nunca fue capaz de hacerme caso. Ni aunque tan sólo hubiera sido por salvar el cuello.
A Luis le volvían loco las camareras, y casi siempre intentaba ligarse a alguna, del modo que fuera posible.
Aquella mañana, se encontraba tomando café en el bar de la estación cuando le notificaron que su empresa había quebrado. Tan sólo habían pasado dos meses desde que su mujer le pidió el divorcio.
Veintinueve años y su vida tirada por el desagüe. No tenía nada que perder. Quizás fue por eso que, aprovechando que no había ni un alma en el bar, se acercó a la camarera y, sin ningún reparo, le hizo una proposición.
La camarera era pelirroja, blanquita de piel, con buenas curvas. Tenía cara de niña buena, además de unos ojos verdes preciosos. Una mirada venenosa, a la par que inocente, que levantó en Luis todo el morbo imaginable.
La chica se quedó paralizada, pero supo reaccionar con entereza.
-Ahora le atiendo, señor.
Dijo ella, alzando tímidamente los ojos.
Luis se reía, sumido en la bruma de alcohol trasnochador que nublaba su vista. Poco después, ella salió de la barra y se dirigió hacia una puerta, situada al fondo de la barra, que señalaba a los almacenes. Se dio la vuelta y miró a Luis, con miedo en su semblante.
-Sígame.
Imagen original realizada con IA©
(Publicación original en la revista universitaria Generación XXI, octubre de 1998)
Quedé atónito cuando me lo contaron, pero así fue. No sé cuántas veces le avisé, pero él nunca fue capaz de hacerme caso. Ni aunque tan sólo hubiera sido por salvar el cuello.
A Luis le volvían loco las camareras, y casi siempre intentaba ligarse a alguna, del modo que fuera posible.
Aquella mañana, se encontraba tomando café en el bar de la estación cuando le notificaron que su empresa había quebrado. Tan sólo habían pasado dos meses desde que su mujer le pidió el divorcio.
Veintinueve años y su vida tirada por el desagüe. No tenía nada que perder. Quizás fue por eso que, aprovechando que no había ni un alma en el bar, se acercó a la camarera y, sin ningún reparo, le hizo una proposición.
La camarera era pelirroja, blanquita de piel, con buenas curvas. Tenía cara de niña buena, además de unos ojos verdes preciosos. Una mirada venenosa, a la par que inocente, que levantó en Luis todo el morbo imaginable.
La chica se quedó paralizada, pero supo reaccionar con entereza.
-Ahora le atiendo, señor.
Dijo ella, alzando tímidamente los ojos.
Luis se reía, sumido en la bruma de alcohol trasnochador que nublaba su vista. Poco después, ella salió de la barra y se dirigió hacia una puerta, situada al fondo de la barra, que señalaba a los almacenes. Se dio la vuelta y miró a Luis, con miedo en su semblante.
-Sígame.
Pronunció de nuevo la camarera, con la voz entrecortada.
Luis se levantó dando tumbos y siguió a la chica tambaleándose a lo largo de un oscuro pasillo que atravesaba aquella misteriosa puerta.
A medida que avanzaba, el camino se hacía más y más largo, y el mareo que sufría el ebrio Luis se incrementaba.
- ¡Ey, tía! ¿A dónde me llevas? ¿Dónde vamos?
Decía Luis, con visibles señas de fatiga física y mental. Apenas podía si quiera caminar.
De pronto, la camarera corrió hacia dentro de una habitación, cerrando tras de sí la puerta.
-¡¡Ahora!!
Gritó la chica.
Entonces Luis sintió varias presencias que, en medio de aquella oscuridad, le agarraron fuerte y lo paralizaron, de pies y manos, sin posibilidad alguna de huída. Al mismo tiempo, notó cómo alguien le tapaba la cabeza con una bolsa de basura, la apretaba bien fuerte y la ataba.
Una puerta se abrió y esos hombres empujaron a Luis hacia dentro de la misma.
Era un cuarto oscuro, maloliente y sin ventanas. Alguien cerró la puerta por dentro y apagó la luz del candil que estos individuos portaban para obtener iluminación.
Doce días después, la guardia civil encontró el cadáver de Luis en un vertedero de basura de Madrid. No había huellas digitales pero sí claras señales de estrangulamiento, al igual que apaleamiento con objetos contundentes.
Era mi mejor amigo, pero ella era mi hermana. Puede que ahora me arrepienta de haberle delatado, pero se trataba de matar o morir.
Luis se levantó dando tumbos y siguió a la chica tambaleándose a lo largo de un oscuro pasillo que atravesaba aquella misteriosa puerta.
A medida que avanzaba, el camino se hacía más y más largo, y el mareo que sufría el ebrio Luis se incrementaba.
- ¡Ey, tía! ¿A dónde me llevas? ¿Dónde vamos?
Decía Luis, con visibles señas de fatiga física y mental. Apenas podía si quiera caminar.
De pronto, la camarera corrió hacia dentro de una habitación, cerrando tras de sí la puerta.
Gritó la chica.
Entonces Luis sintió varias presencias que, en medio de aquella oscuridad, le agarraron fuerte y lo paralizaron, de pies y manos, sin posibilidad alguna de huída. Al mismo tiempo, notó cómo alguien le tapaba la cabeza con una bolsa de basura, la apretaba bien fuerte y la ataba.
Una puerta se abrió y esos hombres empujaron a Luis hacia dentro de la misma.
Era un cuarto oscuro, maloliente y sin ventanas. Alguien cerró la puerta por dentro y apagó la luz del candil que estos individuos portaban para obtener iluminación.
Doce días después, la guardia civil encontró el cadáver de Luis en un vertedero de basura de Madrid. No había huellas digitales pero sí claras señales de estrangulamiento, al igual que apaleamiento con objetos contundentes.
Era mi mejor amigo, pero ella era mi hermana. Puede que ahora me arrepienta de haberle delatado, pero se trataba de matar o morir.
Sea como sea, todo quedó dicho en aquel cuarto.
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Etiquetas:
Erik R. Campoy
Erik Rodriguez Campoy
género negro
novela negra
suspense
thriller
thriller psicológico
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